martes, 11 de junio de 2013

Diccionario de hojalata


Capitulo 1

Era una mañana de invierno. Nevaba mucho, puede que sea el día más frío de todos los tiempos. Mi padre tenía una tienda de antigüedades, por eso juego con juguetes del siglo pasado: mi peonza, mi muñeca, mi coche de hojalata, mi robot de hojalata…     Tenia mas pero no juego mucho con ellos, en especial un ratoncito que le das cuerda y empieza a caminar (más bien correr… uf, como corre ese bicho…) haciendo círculos, tirabuzones, piruetas tirándose de mesas saliendo increíblemente ileso… El mas bien tenia envidia a Salchicha, mi peluche de perro, el mas esponjadito, suave y tierno de todo el mundo. Bueno, también tengo a Tag, mi buldog negro. A Tag le gusta perseguir al ratoncillo y por eso le pusimos el apodo de “Gatito” pues lo parece. Pero al ratoncillo no le hace mucha gracia que le persigan, toquen y muerdan su PRECIADA y LUJOSA cola.

Muchas veces, me encuentro al ratoncillo montado en mi coche de hojalata dando un paseo con mi muñeca. Lo peor, es que, SIN QUERER, atropellaron la cola de MI Salchicha (Pobre perrillo…) El ratón salió escopetado del coche, la muñeca hecho a correr hacia su casita de plástico perdiendo un zapato por el camino y el cochecito soltó un melancólico sonidito de su viejo claxon…

Salchicha, se quedó tirado en el suelo. Cuando estaba más segura de que su pequeño corazón no latía, abrió un ojo, luego otro. Se levantó, lamió su cola y se subió a mi cama de un salto. Puse sobre la almohada un cartel que decía: CUARENTENA y le puse una muñeca disfrazada de enfermera vigilándole. En ese momento, llegó Tag y miró a Salchicha con ojos de cachorrillo, pues era su gran amigo y con la expresión de su cara se podría decir que le estaba diciendo: “Amigo, ¿estás bien?”

    Vi por el rabillo del ojo que la muñeca miraba por la ventana de su casa sintiéndose culpable. Del ratoncillo no se supo nada hasta una semana después, tiempo en el que se curó mi Salchicha. Su rabito volvía a moverse a 15 veces por segundo.

    La muñeca volvía a salir de su casa sin sentirse amenazada ni culpable y el coche volvia a tocar su alegre melodía  con su claxon. La muñeca-enfermera no paraba de sonreir por su gran trabajo.

El ratoncito, no se dignó a salir de su agujero pasadas ya 7 noches y 8 dias sin verle. Aun asi, los juguetes no se dieron cuenta de que no estaba y los festejos por la recuperación de Salchicha continuaron durante 3 semanas. Yo los observaba asombrada, preguntándome como un muñeco inerte podría tener vida, bueno, si usas tu imaginación y piensas un poquito, ellos también pueden tener un corazón que late con fuerza cada vez que juegas con ellos.
Tolon, tolon, tolon… ¡Son las tres de la tarde! ¡¡CÚCU CÚCU!! Trinó el reloj de cuco. Dios mío, que hambre. Los muñecos y muñecas corrieron con sus diminutos zapatos de charol hacia sus casitas de plástico a comerse su comida de plástico y después lavarse
su sonrisa de plástico con su dentífrico de plástico para después volver a los festejos de las 4 en punto.

El coche bebía su gasolina con limonada de mentira mientras un muñeco-mécanico le cambiaba las ruedas. A mi Salchicha le hicieron un suculento banquete que no os puedo describir porqué en ese momento casi me ahogo con una patata frita de plástico por no poder resistirme a suculento manjar de plástico puesto que era la hora de comer y tenía un hambre de lobo. Me salvó la vida mi pequeño Tag, qué vino al galope a por mí y saltó a mi barriga haciendo que, como una fuente, saliera de mi boca en vertical un chorrito de leche del desayuno con la patata asesina encima del chorro.

En ese momento me llamo mi madre para comer. Corrí escaleras abajo hacia la cocina y en un tiempo récord de 6 segundos ya estaba esperando con cuchillo y tenedor en mano el manjar que iba a devorar. Ante mi: una hamburguesa de 5 pisos inclinada, la nombre “Hamburguesa inclinada de Pisa” y para condimentarla había: kétchup, mayonesa, ensalada, patatas fritas, sal y pimienta. Me eché solo mayonesa porqué tras el “accidente” no comería patatas fritas así como así aunque estén deliciosamente buenas. Entonces llegó mi salvador (Tag) y empezó a devorar con su boquita de buldog su ración de croquetas más una tira de bacon  sazonado como a el le gusta (con nueces y aceite de oliva virgen extra, obligatoriamente ese aceite, como sea de orujo la has cagado… y puede que no seguirás viviendo…).

Después de comer me lave los dientes y escribí en mi diario:

Querido Diario:

Hoy he tenido un accidente con una patata frita de plástico y el ratoncito todavía no se digna a salir…  Salchicha se ha recuperado y ahora está muy bien, los muñecos han hecho festejos en su honor. Puedes que pienses que estoy loca pero creo que mis juguetes tienen vida propia…

Lo leí con mis ojos verdes como el enebro para buscar alguna falta ortográfica.

Después me puse a ver los festejos de los juguetes: ahora estaban haciendo una competición de tira y afloja. Me fije en un pequeño cartelito que traía: Después del tira y afloja dará comienzo el concurso de haber quien come más tartas de arándanos. Me asome a la ventana, había dejado de nevar y había una leve melodía de pajarillos cantando llevado por la brisa de la tarde. Abrí la ventana para oler las flores del cerezo que habían crecido mágicamente (estamos en invierno) pero me asome mucho, quizá demasiado, quizá no debí haberme asomado porqué en ese instante me precipite al vacío…

        Al abrir los ojos me encontré rodeada de juguetes qué ahora medían mi estatura, salvo una jirafa de peluche llamada Plátano que era (naturalmente) más alta que yo. Espera, ellos no habian crecido… ¡YO HABÍA MENGUADO!

Capítulo 2:

Menudo coscorrón me había pegado. Me dolía todo. Reconocí a mi coche de hojalata que se acercaba a mí con  una bolsa de hielo en el asiento del copiloto. La verdad…me gustaba esa sensación de ser mini y verlo todo sin que me vean, no llamar la atención. Desde mi anterior perspectiva, todo era distinto : la casita de muñecas no medía más de medio metro antes y ahora me parece un gran edificio de 8 plantas, como los rascacielos de las ciudades; cuándo cogía su comidita de plástico, bromeaba diciendo: “¡Pero que enana!”  Y ahora la miro y me parece la comida que hace mi madre.

     Mi muñeca se acerco a mí y dijo:

-Te estábamos esperando…-a continuación mi oso de peluche Teddy  me llevó en brazos a un tour por la ciudad. El ratón estaba presente en el acto.

Al volver del tour la muñeca me enseñó una casita de muñecas parecida a un hotel donde iba a pasar la noche. Mi figurita de pingüino me llevó a mi habitación. Él era camarero, recepcionista, cocinero y mayordomo del hotel. Su uniforme era una pajarita roja anudada l cuello y una placa en el pecho de color oro brillante con la leyenda: “Hotel Mil Colores” y abajo su nombre “PIN”. Mi habitación era la 301 del 5 piso (tenía 8 como yo sospechaba).

Mis vecinos eran una muñeca apasionada al rosa y un viejo yoyo que no paraba de rebotar en las paredes y no me dejaba dormir. La muñeca me llevo de compras. Yo solo me compre un jersey de color turquesa y ella como 1.000 prendas de vestir de color rosa. Pagó con una tarjeta de crédito de tamaño gigante, o sea, de mi anterior tamaño (la usaba para jugar a las tiendas).

A la hora de la cena “comimos” si se puede decir, spagettis de plástico. Bueno yo no. A mi me dieron una galleta que me olvidé el otro día. Fue un poco asqueroso pero bueno… Me dormí a las 21 horas y me levanté a las 6, antes que nadie. A esa hora mi madre ya se habrá levantado. Pensé. Era muy madrugadora. Y encima era ese día el día de Navidad. A las 7 ya se levantó mi padre y mi madre estaba comenzando a hacer el desayuno. El oso Teddy, el pingüino Pin, la muñeca fanática del rosa y yo ya estábamos despiertos. Hicimos una expedición a la cocina de varios metros (en términos juguetiles los metros son kilómetros) y nos subimos con una cuerda a la mesa. Robamos una tortita y nos fuimos con el botín a mi habitación. Ya tenía desayuno. Antes de irme a mi cuarto fui al salón y descubrí 5 regalos esperándome bajo el árbol de Navidad. 5 habitantes más para la ciudad de los juguetes.

Los demás juguetes estaban impacientes por subir: querían desayunar. Yo  por mi parte estaba ideando un plan para que mi madre y mi padre no se dieran cuenta de mi ausencia. Pensaba en poner un muñeco parecido a mi en mi cama y con una vieja grabadora grabarme a mí diciendo como: Ho
O cosas por el estilo para poner mientras no esté. Cuando yo esté en mi habitación, contestaré a mi madre con la excusa que se me ocurra escondida detrás de mi cama. Hice una escalerita con libros para llegar a los sitios altos o para llegar a algún escondrijo anti-mamás o papás (depende de la situación) y también iba con una tropa de soldaditos de plomo a coger a la cocina comida para reservarla para mi por si acaso. Entonces entró mi madre en  la habitación (el salón) cargada de fregona y cubos. Mi padre vino corriendo con una cámara fotográfica para sacarme una foto mientras abriera los regalos pero menuda sorpresa se llevó al ver qué no estaba (bueno, si estaba pero él no me veía…). Sacó una foto al árbol con los regalos y yo debajo de él. Miró la foto y con asombro me vio en mi tamaño juguetil. Había salido en la foto por accidente y mi padre estaba pasando de un tono carne a un tono blancuzco para pasar después a uno verdoso. Se la enseñó a mi madre y ella reaccionó igual. Al cabo de unos minutos se arrodillaron y me vieron en persona. Yo les dije:
-Todo esto tiene una explicación lógica, o no…
A ver: ¿cómo le iba a decir a mi madre y a mi padre que había menguado al caerme por la ventana, que los juguetes hablan y que tienen una ciudad? ¡Es una autentica locura, pero es de verdad!
A ver... Primero les digo que, antes de nada, que no se preocupen, que estoy bien, que no me pasa nada, que soy como antes solo mengüe. En fin. ¡NO SE COMO HACER QUE YO SEA COMO ANTES! ¿Quiza algun juguete lo sabe? Bueno, el caso es que mis padres estaban flipando en colores.
Les conte todo, y, mágicamente, me creyeron. Les lleve a mi habitacion y les presente a mis juguetes, porque ese dia, mis padres se unieron a mi y a mis peluches en busca de la cura de mi extrano y cómico tamaño.
Entonces me acorde de una promesa que le hice a Lara, mi mejor amiga. Le dije que pasariamos las navidades juntas pero ahora, no queria que el mundo conociera mi tamaño, porque si no, cientificos de todo el mundo vendrian a inspeccionarme y me separarian de mi familia y tal. Ademas, Lara es súper cotilla. Justo en ese instante sonó el timbre: eran Lara y sus padres a celebrar la Navidad con nosotros.

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